Amanecí
enojada y me fui a volar. Mientras buscaba una hoja con agua para refrescarme,
me encontré con mi amiga Panda. Ahí estaba como siempre, mascando una hoja y
mirando feliz en lontananza.
-¡Hola!- la
saludé. Ella me sonrió.
-¿Cómo
estás?- Me preguntó.
-Un poco
enojada- le dije- Me duelen mis pies
-¿Y por qué?
-Es que he
caminado unos tramos con mi amigo el grillo y ahora tengo las piernas
adoloridas.
-¡Oh!-
Exclamó asintiendo- Yo nací allá abajo y fui muy feliz retozando entre las
hojas secas y el pasto. Es un buen lugar cuando notas que en realidad nada te
va a pasar.- La miré extrañada- Sin embargo me faltaba movimiento, quería que
fueran el viento o las copas de los árboles los que me movieran. Quería sentir
el viento, temer la tormenta y quemarme al sol. Quería pisar las ramas frágiles
aunque no fuese tan seguro. Así que escalé hasta aquí. Si algún día hay mucho
viento, o el sol es muy intenso, sencillamente bajo y me quedo allí un rato.
Me miré los
pies adoloridos. Lo cierto es que ya no tenía herida, habían en cambio, un par
de callosidades. Ya no estaba enojada.-¡Gracias Panda! Nos vemos otro día.
Seguí
volando y me topé de frente, casi de imprevisto con un colibrí. Un delicado
animal que se movía delicada y velozmente de enormes flores naranjas a pequeña
campanitas rojas. Fui a jugar con flores también.
Nos reimos
y volamos en extraños remolinos. Conversamos de lo bello que era el cielo después
de la tormenta y de como se podía adivinar en el horizonte que otra se
avecinaba.
Libamos
dulces maravillosos y gozamos de la danza.
-¡Vuelve
cuando quieras!- Me dijo mientras me alejaba sonriendo.
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