jueves, 19 de marzo de 2015

Día Dos

Amanecí enojada y me fui a volar. Mientras buscaba una hoja con agua para refrescarme, me encontré con mi amiga Panda. Ahí estaba como siempre, mascando una hoja y mirando feliz en lontananza.

-¡Hola!- la saludé. Ella me sonrió.

-¿Cómo estás?- Me preguntó.

-Un poco enojada- le dije- Me duelen mis pies

-¿Y por qué?

-Es que he caminado unos tramos con mi amigo el grillo y ahora tengo las piernas adoloridas.

-¡Oh!- Exclamó asintiendo- Yo nací allá abajo y fui muy feliz retozando entre las hojas secas y el pasto. Es un buen lugar cuando notas que en realidad nada te va a pasar.- La miré extrañada- Sin embargo me faltaba movimiento, quería que fueran el viento o las copas de los árboles los que me movieran. Quería sentir el viento, temer la tormenta y quemarme al sol. Quería pisar las ramas frágiles aunque no fuese tan seguro. Así que escalé hasta aquí. Si algún día hay mucho viento, o el sol es muy intenso, sencillamente bajo y me quedo allí un rato.

Me miré los pies adoloridos. Lo cierto es que ya no tenía herida, habían en cambio, un par de callosidades. Ya no estaba enojada.-¡Gracias Panda! Nos vemos otro día.

Seguí volando y me topé de frente, casi de imprevisto con un colibrí. Un delicado animal que se movía delicada y velozmente de enormes flores naranjas a pequeña campanitas rojas. Fui a jugar con flores también.

Nos reimos y volamos en extraños remolinos. Conversamos de lo bello que era el cielo después de la tormenta y de como se podía adivinar en el horizonte que otra se avecinaba.

Libamos dulces maravillosos y gozamos de la danza.


-¡Vuelve cuando quieras!- Me dijo mientras me alejaba sonriendo.

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