Esta historia inicia un buen poco antes de comenzar
a ser narrada. Pero recién hoy llegó a mí la bitácora.
......
Ha sido un viaje tormentoso. Por mucho
tiempo me moví a expensas de algún medio de trasporte ¿Mi favorito? El
Elefante. Grande, recio y seguro. Ni siquiera tenía que prestar atención al
camino, el lo veía por mí. Nadie se acercaba. Pero un día pareció aburrirse y
me dejó en medio de una oscura selva pantanosa. Mientras, él se alejaba
moviendo su cola y trasero rítmicamente a un compás autosuficiente.
Era de noche, me caí al agua. Un río algo
turbio, pero manso y navegable. Una anguila se vino a colocar entre mis piernas
y sobre ella cabalgué contorneándome, en un principio. Pero mis articulaciones
no estaban hechas para ese ritmo. Pronto comencé a quejarme. La anguila se iba
cada vez que rezongaba mis dolores, dejándome a mis expensas en el agua. Pero
siempre volvía.
Un día descubrí que era eléctrica y desde
entonces no hubo día que no me descargara encima. Finalmente me bajé de su lomo.
Lo siento, le dije, pero llevo mucho tiempo en el rio y mis pies extrañan la
tierra.
Durante algún tiempo caminé por la orilla
del río y la anguila me siguió el paso, contorneándose y brillando con sus
rayos. Pero mis huesos y mi piel recordaban lo que mis ojos ignoraban, así que
seguí caminando.
Sin embargo, pronto me cansé, pues mis
piernas estaban atrofiadas de tanto tiempo sin uso y mis articulaciones
adoloridas de girar en ángulos poco naturales. Mis pies ya no recordaban lo que
era sentir peso y no pocas veces tuve que sentarme a descansar.
Recordé a mi amigo el mono, que tantas
veces me jugó sus bromas mientras viajaba por el río. Pensé que quizás el podía
acompañarme, así que lo llamé. Pronto me di cuenta que no podía seguir su paso
y que su agilidad supera con creces la mía en el mejor de mis momentos. Termino
aceptando sus regalos cuando vienen. Me traía comida, e incluso una vez armó un
techo de hojas sobre mi cabeza cuando llovía. Era mi amigo, y me gustaba
mirarlo bailar. El bosque ya no es tan espeso y oscuro.
Un día me siento sola, en un principio
pensé que cualquier compañía podía hacer el trabajo, pero pronto comprendí que
me faltaba algo distinto, algo más parecido a mi. Entonces llegó ella, Doña
Urraca, y ví que era como yo. Porque cuando me dijo vuela, yo volé. Con ella
recorrí la selva pasando entre medio de arboles, ramas y lianas y con ella
conocí el cielo. Los animales que allí habían nos miraban extrañados como si
fuésemos poco naturales, o quizás demasiado. Cuando descubrí el vuelo me quedé
prendada de la sensación, así como del descanso que sintieron mis pobres huesos
y pies.
Un día descansaba sobre una hoja y vi un
grillo. Ya lo había visto antes, cuando viajaba sobre la anguila, pero apenas
intentaba yo acercarme a la orilla para verlo, este pegaba un salto descomunal
y de paraba en seco a mirarme desde lejos, burlándose, creía yo, de que no
podía seguirlo. Pero ahora me acerqué cautelosa. Volando aterricé cerca y
caminé despacio hacia él. Le revoloteé un poco mostrando mis nuevas alas y el
me miró. No arrancó.
Hola- Me dijo- ¿Quién eres?
Hola-le contesté- Soy la que vuela y que
antes caminó. Nos conocimos cuando viajaba sobre la anguila.
Él me miró extrañado- No, esa no eras tú,
esa era una cuncuna gorda y mojada.
Me enojé con él por decirme aquello. Pero
lo cierto es que tenía razón. Seguí revoloteando.- ¿por qué no saltas un rato
conmigo?- le pregunté. Y él accedió. El saltaba de pasto en pasto feliz
columpiándose y yo volaba cerca bailando a otro son.
Cuando se sintió cansado me dijo- ¿Por qué
no vienes a caminar un rato conmigo?- No me gustaba la idea de que me volviesen
a doler los pies, pero el había saltado conmigo, así que bajé. Al poco andar me
comenzaron los dolores.
-¡Me duelen los pies!- le dije
-¿Y por qué?
-Porque mucho tiempo no los usé y los tuve
metidos en el agua donde se volvieron blandos y poco resistentes.
-Pero yo no los veo macerados- acotó con
auténtica duda en el rostro. Entonces me miré, era verdad. Mis pies ahora eran
delgados, pero firmes- Creo que dejaste la piel de oruga allá- dijo señalando
hacia atrás.
-¡Qué bueno! Esa piel era muy molesta y no
servía de nada.
-No digas eso- Cuando hablaba, su rostro se
mantenía impávido, como si nada lo perturbase- Esa piel protegió a esta otra de
los daños que generaron tus viajes anteriores.
Me sentí apenada al entender lo que me
decía- No te preocupes- Me consoló- Yo puedo tocarte una canción cada vez que
tus nuevos pes duelan y necesites parar a descansar- Yo le sonreí.
Caminamos juntos un rato mientras él me
contaba sus historias, pequeñas anécdotas en las que se aprovechaba de su
pequeñez y agilidad para eludir grandes bestias o pequeños escarabajos
molestosos.
Lo invité a saltar conmigo, pues ya me
estaba molestando el paso. Comenzó sus brincos y yo mi vuelo, y de a poco fue
escalando por ramitas mientras yo batía mis brillantes alas a su alrededor.
Para cuando se dio cuenta estaba muy arriba y de un puro salto se lanzó al
suelo, aterrizando sin problema alguno. Me miró asustado y continuó la marcha
caminando. Yo lo miré extrañada.
-¿Qué te pasó?- Le dije desde arriba
-Nada- Replicó mirando hacia el suelo
-¿No te gusta la altura?
-No es eso- Se frotó con una pata, distraído-
es que desde ahí no puedo ver el suelo.
-Pero si saltaste de gran altura y caíste muy
bien. Además el suelo no va a ir a ninguna parte. Ven conmigo a ver las flores
más brillantes y las hojas más verdes, a dejarte llevar por el viento.
-¡Pero si el viento me lleva yo no tengo
alas para planear!
Era cierto -Pero arriba las copas de los
árboles forman un suelo tan firme como el de allá abajo. Si no llegas hasta
arriba te perderás de la real magia de ese mundo. Pero si no haces todo el
camino no vas a poder ver que allá también hay suelo.
Para mi sorpresa, mi amigo el grillo
rezongó sólo unos segundos- está bien- me dijo- llévame a tu cielo.
Entonces yo miré hacia arriba y noté que
para llegar allá hacía falta un largo camino y no sabía si es que iba a poder revolotear tanto como para que mi amigo se
olvidara el tiempo suficiente del suelo que se alejaba irremediablemente. Y si
no lo logra, me dije, va a ver lo mismo que a unos pocos centímetros y no va a
entender la importancia de seguir. Me desanimé.
El me miró refunfuñón. Pero pronto comenzó
a saltar y yo, más luego que tarde, también quise jugar. Mientras más arriba,
más se notaban nuestras diferentes formas de movimiento. Su salto acompasado y
mi vuelo sincopado chocaron muchas veces
en el aire deteniendo el ascenso.
Dejamos de intentarlo. El se plantó en el
suelo y yo me posé sobre una hoja un poco más arriba. Nos miramos resentidos.
Guardamos silencio.